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Capítulo 2: Invertir solo en lo que creemos conocer


¿Por qué limitamos nuestra libertad financiera?

A la hora de analizar por qué limitamos nuestra libertad financiera, ya hemos introducido de forma clara que nosotros mismos somos culpables de ello, ahora toca, demostrar esto en cada capítulo para que no se nos tache de hipócritas o, mucho peor, de alguien que no es capaz de sostener un mismo argumento a lo largo del tiempo (algo muy común en nuestro día a día). Y es que, ya lo decía N. M. Rothschild, hace falta una gran osadía y una gran cautela para amasar una fortuna; cuando se ha logrado, hace falta diez veces más osadía y cautela para conservarla. Aquí, como dijimos en el capítulo anterior, la fortuna la encontraremos al entender por qué tendemos a limitar nuestra libertad financiera.

Dentro de las innumerables afirmaciones que suelen hacerse en el tan desconocido mundo de los mercados financieros, una de las más populares, y que a todos nos habrán dicho en algún momento, es aquella de “invierte solo en lo que conozcas”. Cómo si existiese alguien o, incluso algo, que fuese capaz de conocer lo que realmente pasa en un terreno que no deja de actualizarse, que cada día tiene más instrumentos para negociar o que ha sido y es el campo de batalla donde grandes personalidades del mundo financiero han visto mermar sus patrimonios con sus tan vanagloriadas estrategias (de las cuales, ya avisamos, no entraremos a valorar, la tan ardua lucha de egos no nos motiva en absoluto).

Y, es que, cuando por fin nos encontramos dispuestos a invertir, con todos los problemas y disyuntivas mentales que eso acarrea, no sabemos muy bien hacia dónde enfocarnos. Sin entrar en si la culpa de ello la tiene la poca educación financiera que recibimos a lo largo de nuestra vida, la exigua preocupación que mostramos por iniciarnos en el mundo financiero o, las trabas que aquellos que dicen “poder ayudarnos” plantean ante la innumerable oferta de productos y opciones para invertir; lo que sí está claro es que nos sentimos solos al empezar el bonito camino de tomar decisiones sobre nuestras finanzas.

Hace falta una gran osadía y una gran cautela para amasar una fortuna; cuando se ha logrado, hace falta diez veces más osadía y cautela para conservarla -N. M. Rothschild

TUITEA ESTO

La primera disyuntiva que nos planteamos es si hacerlo de forma activa o pasiva, o lo que tendemos a pensar: ¿dedicar una gran cantidad de tiempo a lo que no entendemos y es algo complejo?, o, ¿confiar en aquella institución, agencia o gestor que dice tener la bola de cristal de hacer que nuestro dinero se incremente como los panes y los peces? Ninguna de las dos, al menos así enunciadas, nos resulta atractiva. Pero, pensemos, que decidimos optar por la primera, ya que el propósito es ver cómo nos limitamos nosotros mismos; ¿cómo lo hacemos? ¿Adónde acudimos?

No pretendemos dar aquí consejos sobre dónde invertir o con quién, sino luchar contra aquellas trabas que nos ponemos a la hora de hacerlo. Y para eso, la tan simplista afirmación de “invierte solo en lo que conoces” debe quedar apartada de nuestro acervo económico (al menos de forma reduccionista). Esta regla, muy utilizada hogaño, la enunció el inversor estadounidense Peter Lynch (gestor en Fidelity Investments), aseverando que uno puede obtener mejores resultados que los expertos si invierte en sectores o empresas que ya conoce. Pero como siempre, tendemos al reduccionismo, nos quedamos con la forma y no vamos al fondo de la cuestión, ya que este empresario, tras enunciar esta idea, incidía, también, en la necesidad de estudiar sus informes financieros y valorar la actividad de la empresa.

Sin embargo, hemos visto cómo esta regla ha sido pervertida en casos de empresas tan conocidas como Enron y WorldCom, donde sus empleados, obtuvieron gran número de sus acciones a la hora de crear sus planes de jubilación (y sabemos cómo acabaron). ¿Qué inversión conocerás mejor que aquella empresa en la que has trabajado durante años? Aquí es donde hablábamos de esa actitud reduccionista que nos lleva a errores tan nefastos como este por tomar un consejo de forma literal y dejar a un lado un análisis más profundo.

Uno de los mayores errores del ser humano es creer conocer algo, pues se vuelve perezoso, confiado y vulnerable. Ahí es donde debemos diferenciar entre la llamada “ilusión del conocimiento” y el conocimiento que verdaderamente se posee. Dejemos esta confusión y estudio de uno de los mayores sesgos del ser humano para el siguiente capítulo. En resumen y parafraseando a Lynch: saberlo antes de que lo sepa Wall Street sí, pero creernos dioses supremos con total sabiduría no. Esta es una de las razones principales por las que limitamos nuestra libertad financiera.

Elvira García
Avatar Elvira García

Economista y graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos. Premio Extraordinario en Economía y especialista en Behavioral Economics. Desarrollo de negocio en empresa de inversiones y escritora colaboradora en diversos medios.

 

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