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Capítulo 3: Culpa nuestra – Sesgos cognitivos


¿Por qué limitamos nuestra libertad financiera? Sesgos cognitivos

Si te lo has perdido:
CAPITULO 1CAPITULO 2

Aviso a navegantes:
este capítulo no es apto para matemáticos estrictos o
fanáticos de la demostración matemática que rechacen todo tipo de implicación
de sesgos psicológicos en la toma de decisiones individual.

“Es mucho más fácil esforzarse por lograr la perfección cuando nunca se está aburrido”, decía Kahneman. Cuando buscamos analizar el verdadero porqué de las cosas, cuando somos inquietos, es cuando más podemos aprender. Venimos hablando del sinfín de motivos que nos hacen limitar nuestra propia libertad financiera, y tras ver algunos de los problemas que exógenamente nos pueden influenciar, nos centramos ahora en la parte más humana, más nuestra, de esos problemas: los sesgos cognitivos. Si bien no pretendemos dar una clase de Economía conductual aquí, sí que toca hacer una breve exposición para saber a qué nos referimos, ya que somos conscientes de que este campo se conoce poco: existe una serie de sesgos que sufren los seres humanos como causa de ser eso, “humanos” y no el homo economicus que defiende la Teoría de la Economía Racional. Son esas limitaciones o “anomalías” que acuñó Richard Thaler en varios de sus artículos (véase “Anomalies: Preference reversals” de Tversky y Thaler (1990)).

Los seres humanos ven limitada su racionalidad por una serie de sesgos que incluye, pero no se limita al: sesgo del status quo, del optimismo, dependencia del contexto, efecto marco, falta de autocontrol, etc. Pongamos un ejemplo sencillo para ilustrar mejor uno de ellos: imagina que describimos a una persona llamada Steve, alguien que es muy tímido, disciplinado y metódico, alguien que necesitar ordenar y organizar todo y tiene obsesión por el detalle. ¿Cómo estimarías la probabilidad de que este individuo fuera bibliotecario o agricultor? Este ejemplo lo utilizó Kahneman y Tversky en 1974, en un escenario donde la mayor parte de la población se dedicaba a la agricultura. ¿Tú qué has pensado antes de situarlo en su contexto? No hay más palabras, Señoría.

Esta ilusión de validez, o de conocimiento, la aplicamos constante e inconscientemente; nos creamos nuestra propia percepción del riesgo y nuestra conclusión depende sobremanera del grado de representatividad que tiene ese hecho para nuestras propias vivencias. O dinos si cuando has recibido una llamada de un bróker no te has visto sesgado en función de tu experiencia en los mercados financieros. Los que trabajen en un bróker (serio y regulado, sobra recalcar) nos entenderán: ¿cuántas personas no alegaron “no querer perder más” o “no querer volver a tener una mala experiencia” cuando tú les hablabas de oportunidades en el mercado?

Es mucho más fácil esforzarse por lograr la perfección cuando nunca se está aburrido

TUITEA ESTO

Esto, señores, no se debe a que los brókers o agencias que colaboran con ellos sean malos (aceptando como acepción de “malo” al personaje de los Simpsons, Jimbo Jones), sino a que al haber tenido una, dos, o mil malas experiencias, ya lo destacamos como hecho general en nuestro acervo para adentrarnos en nuevas aventuras. Aquí, no pretendemos defender el alma caritativa de estos operadores (si la hubiese), sino resaltar esa parte que todos tenemos que nos impide conocer o ver más allá y hace que nos perdamos numerosas oportunidades en cualquier ámbito, pero por lo que aquí nos concierne, nos limita a conseguir esa libertad financiera que tanto ansiamos.

Ahora bien, no queremos dar a entender en modo alguno que nuestros lectores, conocedores ya de este sesgo, deban rendirse a los pies de aquellos operadores o intermediarios que dicen tener el santo grial para las inversiones; ya hablamos de esto en el capítulo anterior y, demostrado quedó que aparte de ser eso una gran mentira, aquí lo que buscamos es conseguir esa libertad financiera empujada por nosotros mismos. Habida cuenta de ser estos sesgos necesarios y difíciles de controlar, debemos saber que todos los seres humanos los poseen, es decir, que no por ser analista financiero o llevar cuarenta años trabajando en bolsa, se libran de estas limitaciones. En cualquier campo de estudio, se les conoce por el término que Thaler y Sunstein acuñaron en 2008, los “choice architects” o arquitectos de la elección, que buscan influir en nuestras decisiones por situarse en un nivel de experiencia y conocimiento (supuestamente) superior.

Si bien es cierto que estos términos se utilizan en el marco de las políticas económicas, aquí lo estamos llevando al ámbito de aplicación de cada uno de nosotros en el seno de las decisiones (y no decisiones) financieras individuales, buscando conocernos mejor a nosotros mismos para evitar ser manipulados por nuestra propia ilusión y, sobre todo, por la ilusión de que los que dicen saber, saben incluso evitar esos sesgos. Decía Benjamin Graham (1949) que “la mente educada se distingue por no esperar más precisión que la que admite la naturaleza de la cuestión estudiada”, es decir, sería muy hipócrita por nuestra parte aceptar conclusiones meramente probables de un matemático y exigirle una demostración verdaderamente estricta al que usa la retórica como método de explicación.

Benjamin-Graham

“la mente educada se distingue por no esperar más precisión que la que admite la naturaleza de la cuestión estudiada” – Benjamin Graham (1949)

Y si no, pensemos en el caso de aquel pronosticador que un 7 de enero de 1973 animaba a los inversores a comprar acciones sin titubear, confiando en un movimiento al alza incuestionable del señor mercado. Aquel pronosticador se llamaba Alan Greenspan y no en pocas ocasiones se ha equivocado alguien de forma tan clara. Aquel año y el posterior, resultaron ser los peores años de crecimiento en Estados Unidos, y el que sería presidente de la Reserva Federal pecó de las mismas limitaciones que tenemos nosotros como presidentes (y a lo mejor ni eso) de nuestra casa.

En resumen, quédate con lo siguiente: todos los seres humanos sufrimos de una serie de limitaciones cognitivas que nos hacen auto-limitarnos en el terreno financiero, pero los que dicen gestionar o conocer el mercado también lo sufren. La conclusión necesaria estriba en que conociéndonos a nosotros mismos y lo que nos rodea, tenemos más razones que nunca para lanzarnos a la bonita aventura de la inversión con nosotros a la cabeza y utilizando el soporte de los que se dedican a este sector, sin olvidar en ningún momento que no debemos dejarnos llevar por esas meras ilusiones del conocimiento, ya que nos pueden jugar malas pasadas. Se trata así de no caer en ese aburrimiento cómodo llamado ilusión de conocimiento que nos haga creer ser conocedores de todo lo que pasa en el mercado, de creer haber vivido las suficientes experiencias en él o de haber analizado técnicamente un valor que nos brinde la veracidad absoluta sobre su comportamiento futuro, ¿verdad, Alan?

Elvira García
Avatar Elvira García

Economista y graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos. Premio Extraordinario en Economía y especialista en Behavioral Economics. Desarrollo de negocio en empresa de inversiones y escritora colaboradora en diversos medios.

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